La mayor zafra azucarera de todos los tiempos
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Autor : Julio García Luis
Publicado : 13/02/2014

El revés de los 10 millones

 

El fracaso de Cuba en el objetivo de saltar, en la zafra azucarera de 1970, a una cosecha récord de 10 millones de toneladas tendría repercusiones inmediatas y a mediano plazo en toda la vida nacional.

 

Aquella meta respondía a una estrategia y a una necesidad del país, y hay que entenderla en su contexto. Sometida la economía cubana a un férreo bloqueo por parte del gobierno de Estados Unidos, que además libraba contra la isla una guerra sucia, obligándola a mantener movilizadas grandes fuerzas militares, no había sido posible durante los primeros años concentrar los esfuerzos en el desarrollo económico. Sin embargo, era urgente hacerlo, la población aumentaba, se multiplicaban sus demandas en todos los campos, y para ello hacía falta recursos.

 

La colaboración con la Unión Soviética y otros países socialistas no había alcanzado entonces el nivel y las ventajas que tendría después.

 

El período de discrepancias que sobrevino con la URSS después de la Crisis de Octubre y en relación con el movimiento revolucionario latinoamericano, mantenía esa cooperación en un grado limitado. No obstante ello, la balanza comercial entre los dos países, obviamente desequilibrada, acumulaba una creciente deuda de Cuba hacia la URSS. La dirección del Gobierno cubano sentía el deber moral de pagarla y aspiraba, además, a una mayor independencia que le permitiera diversificar sus relaciones económicas con otros mercados.

 

Surgió así el criterio, incuestionablemente justo, de potenciar la industria azucarera, el principal recurso nacional en aquellos años, y convertirla en la fuente básica de acumulación.

 

De esta forma, en la etapa de 1965 a 1970 se llevó a cabo un fuerte proceso inversionista en ese sector, a fin de elevar la capacidad de la industria, tecnificar las labores de siembra y cultivo de las plantaciones, ampliarlas, y comenzar a resolver el problema de la mecanización de la cosecha, para lo cual se contaba entonces con muy escasas e incipientes experiencias internacionales, y era de especial urgencia para Cuba.

 

La desaparición del ejército de desempleados y la creación de nuevas opciones de ocupación para la población rural, de donde se había nutrido tradicionalmente la fuerza de trabajo para la ruda tarea del corte y alza manual de la caña, obligaba a realizar la zafra con movilizaciones de trabajadores voluntarios de las ciudades, combatientes y estudiantes, en ocasiones poco productivos, lo que elevaba los costos de la cosecha y creaba dificultades adicionales en los centros de donde ellos salían a cumplir esta abnegada labor.

 

En estas condiciones, el país se preparó con entusiasmo y grandes bríos para alcanzar la ansiada meta. Un estado de singular efervescencia política y revolucionaria precedió a la gran batalla. Todos los recursos económicos y humanos se pusieron en función de ella.

 

Sin embargo, aunque se logró cultivar caña suficiente para hacer los 10 millones de toneladas, el objetivo no pudo ser alcanzado. Muchas importantes inversiones industriales, dirigidas a ampliar las capacidades de los centrales azucareros, no estuvieron listas en el momento de la molienda. La mecanización del corte y alza de la caña se atrasó y ello obligó a movilizar enormes cantidades de macheteros para los campos, a expensas de paralizar otras actividades de la economía. Falló también en muchos aspectos la organización, derivada en gran medida de los propios métodos de dirección y gestión de la economía imperante, que luego la dirección de la Revolución sometería a fuerte crítica.

 

El 18 de mayo de 1970, una enardecida multitud se reunió en La Habana para saludar a los 11 pescadores que, días antes, habían sido atacados por lanchas piratas procedentes de Miami, cuando cumplían sus faenas en el mar, y secuestrados en un islote de las Bahamas. En el acto participaban Fidel Castro y el Gobierno cubano en pleno.

 

Uno de los pescadores, al hacer uso de la palabra, dijo que en su odisea habían sido alentados por la idea de que el pueblo de Cuba lograría los 10 millones de toneladas. Como el Jefe de la Revolución señalaría después, no era su propósito hablar aquella noche de la situación de la zafra en curso, pero al escuchar al humilde pescador no pudo contener sus sentimientos y la necesidad de revelarle al pueblo la verdad ya irreversible. Así lo hizo. No lograremos los 10 millones, dijo, y convocó a todos los trabajadores del país a continuar haciendo el máximo esfuerzo, hasta que terminara la cosecha, y encontrar la fortaleza revolucionaria para convertir aquel revés en victoria.

 

La zafra de 1970 concluyó con 8,5 millones de toneladas de azúcar, la producción más alta de toda la historia de Cuba y la mayor de azúcar de caña, hasta la fecha, en el mundo.

 

Fue un revés doloroso y costoso. Muchas ilusiones se frustraron aquella noche. Toda la economía nacional quedó profundamente resentida. Se discute hasta la actualidad, sin embargo, si acaso de lograrse aquella meta ello no habría servido, paradójicamente, para dilatar la rectificación de los errores de idealismo que se venían cometiendo en la economía.

 

El trauma ocasionado por aquel golpe se reflejó en el acto del 26 de Julio de ese año, cuando Fidel Castro ofreció al pueblo la renuncia de su cargo como Primer Ministro —que la multitud rechazó de inmediato enérgicamente—, y trajo consigo una reflexión profunda y la voluntad de aplicar métodos más realistas y efectivos, no solo en la gestión económica sino también en el trabajo del partido, del Estado, de los sindicatos y demás organizaciones de masas. Trajo también, si hemos de ser estrictamente objetivos, el embrión de futuros fenómenos negativos, en la forma de algunas tendencias internas a asimilar acríticamente las experiencias de la construcción socialista en la Unión Soviética.

 

Fragmento tomado de 45 grandes momentos de la Revolución Cubana, editorial Ocean Press, México, D.F., 2004.

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