Defendemos a Cuba con nuestra propia piel...
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Autor : Julio García Luis
Publicado : 13/02/2014

EL CASO PANDORA

 

En enero de 1981 tiene lugar la toma de posesión presidencial de  Ronald Reagan. Toda su campaña electoral está presidida por la idea de una política anticomunista mucho más activa y enérgica, que borre el «síndrome de Viet Nam» y restablezca el liderazgo norteamericano sobre el llamado «mundo libre».

 

Respecto a América Latina, y particularmente hacia Cuba, la plataforma visible del nuevo gobierno está contenida en el titulado «Documento de Santa Fe» —Una Nueva Política Interamericana para la Década de los Ochenta—, el cual prescribe que las Américas se encuentran bajo el «ataque soviético», que utiliza a Cuba como «un Estado vasallo», y recomienda aplicar hacia la isla una serie de medidas, incluyendo la instalación de una emisora con informaciones y otros programas —lo cual es el origen, en 1985, de la llamada Radio Martí —, y que, de no surtir efecto esas acciones, se debía lanzar una intervención militar contra el país.

 

Como es lógico, estas amenazadoras proyecciones provocan en la dirección cubana la necesaria reacción.

 

Durante los 20 años precedentes, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba se han estado preparando para hacer inviable cualquier agresión directa de los Estados Unidos hacia el país. El suministro gratuito de armas por parte de la Unión Soviética, y el asesoramiento de sus especialistas militares, son factores incuestionables del nivel de organización y fortaleza alcanzados. El país, con mucho, ha logrado forjar las más potentes fuerzas armadas de América Latina, vertebradas en forma de un ejército regular, preparado para una guerra moderna aunque convencional. Cuba no hace descansar su defensa en el poderío de la URSS o del Pacto de Varsovia, pero considera que la solidaridad de sus aliados debe ser siempre un factor importante en la contención del potencial agresor.

 

La nueva situación creada tras el ascenso de Reagan al gobierno repite, en cierta forma, el momento de graves presiones y tensiones anterior a la Crisis de Octubre de 1962.

 

Esta vez, el General de Ejército Raúl Castro, ministro de las FAR y segunda figura del partido y el Gobierno cubanos, viaja nuevamente a Moscú.

 

En su entrevista con el máximo dirigente soviético Leonid Ilich Brézhnev, el 15 de septiembre de 1981 —no revelada hasta pasada más de una década y ya desaparecida la URSS—, al sugerirle el representante de la dirección cubana, como vía para frenar la agresividad de la nueva Administración norteamericana, la posibilidad de una declaración oficial soviética, en el sentido de que «una agresión a Cuba no sería tolerada por la URSS», la respuesta de Brézhnev fue categórica: «Nosotros no podemos combatir en Cuba, porque ustedes están a 11 000 kilómetros de nosotros. ¿Vamos a ir allá para que nos partan la cara?».

 

Aquella amarga revelación se convirtió en un secreto solo compartido durante los años siguientes por Fidel Castro y Raúl Castro.

 

El Presidente cubano expondría su actitud ante este hecho, de modo indirecto, al subrayar enfáticamente en uno de sus discursos posteriores que a Cuba la defendíamos con nuestra sangre y con nuestra propia piel.

 

La certeza de que la Unión Soviética no estaba dispuesta a correr ningún riesgo por Cuba reflejaba, por un lado, el profundo proceso de reversión y deterioro interno que se estaba produciendo en aquel inmenso Estado y, por el otro, reafirmaba la idea de que Cuba no podía basar su defensa más que en sus propias fuerzas y que, ante la abrumadora desventaja en hombres y en tecnología, en el caso de una eventual agresión militar en gran escala de los Estados Unidos, no tenía sentido concebir esta lucha únicamente como el enfrentamiento entre dos ejércitos regulares.

 

De esta forma, fue en las Fuerzas Armadas Revolucionarias donde primero comenzó, en fecha temprana, el proceso de rectificación; cuando todavía no podía avizorarse el cercano y poco glorioso fin que aguardaban a la URSS y a la comunidad socialista europea.

 

Apareció una nueva doctrina militar, la Guerra de Todo el Pueblo, basada en el criterio de que, aun cuando los Estados Unidos pudieran destruir al país con una guerra tecnológica, para alcanzar sus objetivos tendrían necesariamente que tratar de ocuparlo con sus fuerzas vivas, y que, en esas condiciones, el pueblo cubano, organizado en las ciudades, las montañas y las zonas de defensa en todo el país, con túneles y cuevas donde preservar las vidas humanas y las armas, con mandos preparados para actuar en forma descentralizada, empezaría una guerra de aniquilación y desgaste que a la larga el invasor no podría soportar.

 

A esos conceptos no tardarían en unirse indisolublemente la idea del autoabastecimiento alimentario de las tropas y otra propuesta mucho más ambiciosa aún: el esfuerzo gradual por el autofinanciamiento de las FAR.

 

El cambio hacia la doctrina de la Guerra de Todo el Pueblo fue el inicio de un largo, intenso y sostenido esfuerzo. Durante los años siguientes se prestó especial atención a la organización de las Milicias de Tropas Territoriales y las Zonas de Defensa, al acondicionamiento del teatro de operaciones militares, a la ejecución de obras de protección en las que tomaron parte cientos de miles de combatientes y trabajadores, y a la integración, en fin, de un sistema que vertebra la dirección política y militar en cada eslabón, las fuerzas regulares y las populares, la defensa y la producción.

 

 

Fragmento tomado de 45 grandes momentos de la Revolución Cubana, editorial Ocean Press, México, D.F., 2004.

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