Nuestros derechos y nuestra soberanía no se discuten, ¡se pelean!
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Autor : Julio García Luis
Publicado : 13/02/2014

Los hechos que condujeron a esta crisis, uno de los acontecimientos más graves del período de la Guerra Fría, que puso al mundo al borde de la conflagración nuclear, hay que buscarlos, ante todo, en la determinación del gobierno de los Estados Unidos, sancionada de modo explícito por su Presidente, de llevar adelante una escalada de acciones contra Cuba, la que sería rematada con la intervención directa de las fuerzas armadas norteamericanas.

 

Como ha reconocido el historiador Arthur Schlesinger:

 

 

Castro tenía ciertamente los mejores fundamentos para sentirse bajo asedio. Aun cuando agentes dobles no le hubieran informado de que la Agencia Central de Inteligencia (CIA) estaba tratando de matarlo, la campaña Operación Mangosta dejaba pocas dudas de que el gobierno norteamericano estaba tratando de derribarlo. Difícilmente habría sido irrazonable para él solicitar la protección soviética. ¿Pero pidió él los cohetes nucleares? La mejor evidencia es que no. El objetivo de Castro era contener la agresión norteamericana, convenciendo a Washington de que un ataque a Cuba sería lo mismo que un ataque a la Unión Soviética. Y para esto no se requerían cohetes nucleares […].[1]

 

 

 

La realidad es que Cuba, después de la Invasión por Playa Girón, se estaba preparando a marchas forzadas para una agresión en gran escala de Estados Unidos. Habían sido suscritos dos acuerdos con el gobierno de la URSS para el suministro de armamento convencional para las tropas terrestres, la aviación de combate y la marina de guerra. Las Fuerzas Armadas Revolucionarias fueron sometidas a un profundo proceso de reorganización y fortalecimiento, del cual surgieron sus tres ejércitos y las armas y tipos de fuerza armada que las integran.

 

Del otro lado del Estrecho de la Florida, las fuerzas armadas norteamericanas se preparaban también, acumulaban un impresionante nivel de fuerzas y medios, y ponían a punto los distintos planes de contingencia para un ataque a Cuba.

 

Fue en estas condiciones, en mayo de 1962, que surgió la idea del primer ministro soviético Nikita S. Jruschov, apoyada por la jerarquía militar de ese país, de la posible instalación en Cuba de cohetes nucleares. Una delegación soviética, de la que formaba parte el mariscal Serguei Biriuzov, jefe de las Fuerzas Coheteriles Estratégicas, viajó a Cuba el 29 de ese mes y presentó la propuesta a la dirección de la Revolución. El argumento principal era que los Estados Unidos únicamente se detendrían en sus planes si sabían que un ataque a la isla los enfrentaría no solo a armas convencionales, sino también al poderío nuclear soviético.

 

Como análisis posteriores han puesto en evidencia, sin negar su actitud de solidaridad hacia Cuba, Jruschov actuó también en este episodio con su típica astucia campesina en busca de ventajas para la Unión Soviética en la correlación mundial de fuerzas.

 

A pesar de las declaraciones enfáticas de la URSS en el sentido de que ya había alcanzado la paridad de respuesta estratégica frente a los Estados Unidos y el bloque de la OTAN, la realidad era que todavía su posición resultaba muy desventajosa. Al proponer la instalación en Cuba de 42 cohetes de alcance medio e intermedio, dotados de ojivas nucleares, su situación comparativa mejoraría dramáticamente.

 

Fidel Castro y la dirección del Gobierno cubano aceptaron finalmente el envío de los cohetes, aunque no les gustaba la idea, teniendo en cuenta que era un paso que fortalecía al socialismo y constituía un gesto de solidaridad hacia un país como la URSS, que asumía fuertes riesgos por defender la integridad de Cuba.

 

Las principales reservas cubanas se referían no a los peligros que el acto implicaba, sino al posible precio político que Cuba pagaría por él, en su imagen ante el resto de los países latinoamericanos y el mundo, pues el acuerdo con los soviéticos implicaba el traslado a la isla de una agrupación de 48 mil efectivos, con toda su dotación técnica, y subordinada directamente al Gobierno de la URSS, lo que técnicamente convertía a Cuba en una base militar de ese país.

 

Para Cuba estaba claro que la defensa del país y la Revolución no requería, de modo imprescindible, traer esos proyectiles. Los mismos resultados se habrían podido alcanzar con un pacto militar, hecho público, según el cual la Unión Soviética proclamara que una agresión militar directa a Cuba equivaldría a una agresión a la URSS.

 

Sin embargo, la parte soviética cometió el grave error, a pesar de las reiteradas insistencias cubanas, de mantener el acuerdo alcanzado en el secreto, lo cual más tarde le daría una fuerte ventaja al gobierno de Kennedy, al descubrir el espionaje aéreo la instalación de los cohetes, pues le permitió ejercer la iniciativa militar y aprovechar, además, las circunstancias políticas y psicológicas de poder presentar ante el mundo su reacción como un acto legítimo frente a las mentiras y al engaño de que había sido objeto.

 

La operación de traslado a la isla de la agrupación soviética se cumplió exitosamente en el verano de 1962. Los cohetes de alcance medio llegaron a estar instalados y en condiciones operativas, aunque nunca se les colocaron las cabezas nucleares que permanecían almacenadas. Los cohetes de alcance intermedio se hallaban en los barcos, en alta mar, cuando se desató la crisis, y fueron regresados a la URSS.

 

El 14 de octubre, un avión espía de los EE.UU. logró fotografiar un emplazamiento coheteril en la zona de San Cristóbal, provincia de Pinar del Río. En los días subsiguientes, Cuba atravesó sin saberlo un momento de extremo peligro, pues el Gobierno norteamericano, descubierto el secreto, barajaba las distintas opciones militares que podía seguir. El día 20, el Consejo de Seguridad Nacional de ese país llegó a la decisión de declarar el bloqueo naval, con el nombre de «cuarentena», en torno a Cuba, a la par con otras medidas políticas, diplomáticas y militares.

 

El 22 de octubre, John Fitzgerald Kennedy hizo pública esta decisión, en un mensaje a toda la nación, y ese mismo día, en horas de la tarde, el Comandante en Jefe Fidel Castro decretó la Alarma de Combate para todas las Fuerzas Armadas Revolucionarias y el pueblo de Cuba. Un total de 400 mil hombres y mujeres se pusieron sobre las armas en forma ordenada y serena.

 

Esos fueron los días «luminosos y tristes» a los que luego se referiría el Che Guevara. La tensión escaló los puntos máximos a partir del 26 de octubre, cuando un ataque aéreo masivo de los Estados Unidos parecía inminente. La moral de las tropas cubanas y soviéticas era muy alta. Se había ordenado disparar contra los aviones yanquis que efectuaban vuelos rasantes provocadores sobre el territorio cubano. El 27 abrieron fuego las baterías cubanas y ese mismo día un cohete antiaéreo, disparado desde un emplazamiento soviético, derribó un avión espía U-2 sobre el norte de la provincia de Oriente.

 

Sin embargo, en el frente de las negociaciones diplomáticas entre la Unión Soviética y los Estados Unidos, donde Cuba no participaba, la dirección de la URSS sumó nuevos errores a los ya cometidos en el proceso de concertación del acuerdo de cooperación militar y defensa mutua. La culminación de ellos fue el entendimiento del 28 de octubre, según el cual Jruschov, sin previa información y consulta con el Gobierno cubano, aceptó el supuesto compromiso de Kennedy a no atacar o invadir la isla y decidió plegarse a las exigencias norteamericanas de interrumpir la construcción de las instalaciones, desmantelarlas y devolverlas a la Unión Soviética.

 

Este hecho fue recibido en Cuba con profunda decepción, ya que habría podido lograrse mucho más con una posición negociadora firme, que obligara a los Estados Unidos a discutir directamente con Cuba y a dar garantías efectivas hacia el futuro. Constituyó, así, una de las raíces de las discrepancias que enfriarían las relaciones soviético-cubanas durante los años siguientes.

 

Ante la acción consumada, la respuesta de la Revolución Cubana se expresó en los «Cinco Puntos de la Dignidad» dados a conocer por Fidel Castro en una comparecencia por televisión el mismo día 28 de octubre. Esa noche, en Santiago de Cuba, Raúl Castro subrayaba: «Nuestros derechos y nuestra soberanía no se discuten: ¡se pelean!».

 

Fragmento tomado de 45 grandes momentos de la Revolución Cubana, editorial Ocean Press, México, D.F., 2004.

[1] Arthur M. Schlesinger: Robert Kennedy and his times», Volumen I. Houghton Mifflin Company, Boston, 1978, pp. 524-525.

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