En Cuba solo ha habido una Revolución…
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Autor : Julio García Luis
Publicado : 13/02/2014

No es fácil fijar en fechas determinadas el desarrollo del pensamiento. Las ideas, como regla, van cuajando en procesos que no transcurren siempre a la luz pública y que implican reflexión teórica, práctica social, acercamientos progresivos a conceptos y definiciones. Pero si en la historia del pensamiento revolucionario cubano hubiera que buscar un día, un momento, en estos últimos  años, en el que se plasmaron con singular relieve las tesis que definen lo auténtico del proceso vivido por el país se podría responder sin vacilación: el 10 de octubre de 1968.

 

Ese día se conmemoraba una fecha de honda trascendencia: el centenario del levantamiento protagonizado por el abogado bayamés Carlos Manuel de Céspedes, quien después de conspirar contra el dominio colonial español, junto a otros patricios de la comarca oriental, y ante la eventualidad de verse descubierto y apresado, tomó la determinación de alzarse en armas y dar la libertad a sus esclavos, en el ingenio azucarero La Demajagua, la madrugada del 10 de octubre de 1868.

 

La Guerra de los Diez Años, entonces iniciada, fue crisol forjador de la nación cubana, cuna de tradiciones patrióticas e independentistas que perduran hasta hoy, y cantera de la que surgirían otras grandes figuras como Ignacio Agramonte, Máximo Gómez y Antonio Maceo.

 

Aquella gesta, en la que el pueblo de Cuba en formación se enfrentó, solo, en el territorio limitado de una pequeña isla, a un poderío militar colonialista que superaba a todas las fuerzas que tuvieron que combatir, a principios del siglo XIX, los ejércitos libertadores en el dilatado escenario de Sudamérica, fue también la primera gran universidad política de los revolucionarios cubanos. Sus glorias y su fracaso, en 1878, al concluir sin alcanzar la soberanía y la emancipación de los esclavos, enseñaron a los patriotas de todos los tiempos y, en particular, al genial organizador de la Guerra de 1895, José Martí, la importancia de la unidad y la conducción política para el triunfo de la revolución.

 

Como era lógico, la conmemoración de aquel centenario en las condiciones de la Revolución cubana victoriosa, poseedora ya de un considerable caudal de experiencias en su lucha por la supervivencia y en el tránsito hacia la construcción socialista, fue coyuntura propicia para el análisis de varios problemas medulares.

 

Uno de ellos era el de la relación entre la historia patria, las tradiciones y valores progresivos de la cultura nacional, incluido el pensamiento político, de un lado, y el socialismo a nivel internacional, las ideas de Marx, Engels, Lenin y demás luchadores y teóricos, del otro lado.

 

El movimiento comunista y obrero mundial no había estado a salvo de casos de sectarismo y doctrinarismo, condicionados por diversas circunstancias, en los que se contrapusieron el patriotismo con el internacionalismo, la tradición del pensamiento avanzado nacional con el marxismo-leninismo, las grandes figuras de la historia patria con los líderes internacionales de la clase obrera y el socialismo.

 

No era este, por cierto, el caso de Cuba, donde el primer Partido Comunista había logrado combatir desde mediados de los años ‘30 algunos de los más perniciosos esquematismos de la Tercera Internacional, y en el que destacados intelectuales y dirigentes políticos como Carlos Rafael Rodríguez, Juan Marinello y Blas Roca colocaron en su justo medio la dialéctica de la liberación nacional y la revolución democrática y socialista.

 

Aun así, perduraban todavía confusiones, criterios estrechos, absolutizaciones pueriles, derivadas en muchos casos de la ignorancia de la historia de Cuba.

 

El discurso de Fidel Castro, la noche del 10 de octubre de 1968, al pie de las ruinas del ingenio La Demajagua, veneradas por el pueblo cubano como un santuario de la dignidad y el patriotismo, marcó una huella definitiva en la formación de la cultura y la conciencia política cubanas. Como ya lo había hecho en otras oportunidades, el Jefe de la Revolución se apartó resueltamente de algunos dogmas imperantes, resultados de una lectura libresca del marxismo y del leninismo, y fijó criterios en los que resplandece la autoctonía de la Revolución y, en particular, la determinación cubana de pensar con cabeza propia.

 

 

Fragmento tomado de 45 grandes momentos de la Revolución Cubana, editorial Ocean Press, México, D.F., 2004.

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