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Autor : Rodolfo Romero y Claudio Pelaez
Publicado : 03/06/2015

La dura realidad que vivió Cuba en los primeros años de la década del 90 como consecuencia de la caída del campo socialista en la URSS y el recrudecimiento del bloqueo económico contra Cuba, acompañados de la política estadounidense que incentivaba constantemente la emigración ilegal desde la isla, incitó a un grupo de personas inescrupulosas a realizar actos violentos que le permitieran abandonar la isla. Quizás uno de los más tristemente recordado, es el intento por robar una lancha en la Playa de Tarará en la que un grupo de delincuentes, algunos con causas penales pendientes, asesinan fríamente a 4 guardias cubanos. Al suceso, ocurrido en enero de 1992, le siguieron otros también violentos asociados al secuestro o robo de otras embarcaciones.

La secuencia de hechos agresivos tiene un punto climático en el verano de 1994 cuando es secuestrada una de las lanchas que diariamente cruza la bahía habanera y, alentado por emisoras radiales contrarrevolucionarias con sede en Miami, se produce un acto de disturbio y vandalismo en calles de Centro Habana. La presencia de Fidel, junto al pueblo, contribuye a que se restablezca la calma. El gobierno entonces toma medidas.

El Comandante en Jefe, ante las cámaras de televisión anuncia que se le darán instrucciones a los guardafronteras de que no obstaculizar la salida de embarcaciones que quieran viajar hacia los Estados Unidos. Comienza entonces la llamada «Crisis de los balseros». Alrededor de 30 mil cubanos se lanzan al mar en rústicas embarcaciones. Mientras esto ocurría en La Habana, en las provincias más orientales de Cuba, otra era la carnada para aquellos que deseaban emigrar ilegalmente. Bastaba solo con poner un pie en tierra o entrar en aguas de la Base Naval de Guantánamo, -territorio usurpado por el gobierno de Estados Unidos en 1901 mediante el apéndice constitucional conocido como la Enmienda Platt- para que el gobierno le garantizara protección y seguridad a aquellos que llegaran allí, en particular a quienes para hacerlo se valieran de actos violentos contra las autoridades cubanas.

Aunque ya en el territorio de la frontera se había ubicado un campo de minas que dividía el territorio usurpado de suelo cubano, muchas personas se arriesgaban a cruzarlo o a intentar hacerlo por vía marítima. Cubanas y cubanos que custodian la frontera diariamente estaban expuestos a intentos de secuestro de embarcaciones. Precisamente uno de los que custodiaba esta área en 1994, recibió un balazo intentando defender la embarcación contra cinco inescrupulosos que la intentaron robar. Misael Valentín hoy tiene 42 años y es inspector de Capitanía en Guantánamo. En aquel momento, con solo 22, no vaciló en enfrentarse al grupo que lo superaba en número y que además, estaban armados. Mientras escribimos estas líneas, no dejamos de preguntarnos cuántas personas en este país no habrán protagonizado también actos como este y cuántas de esas historias, lamentablemente, han quedado en el olvido. Caminamos junto a él por las calles de Caimanera, montamos en la lancha que diariamente traslada a las personas de Boquerón a Caimanera y de Caimanera a Boquerón, miramos con indignación la bandera que ondea a lo lejos y escuchamos atentos su historia.

Misael Valentín, inspector de Capitanía en Guantánamo.
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