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Autor : Melissa Ramírez Hernández
Publicado : 12/02/2014

El fenómeno migratorio en Cuba depende de condiciones históricas, socioeconómicas y políticas, y aunque adoptó rasgos diferentes después del triunfo de la Revolución, no es un proceso nuevo ni  privativamente de la pasada centuria.

 

Según las estadísticas de los flujos migratorios, el caso cubano no está entre los primeros lugares del mundo, sin embargo, en medio de las hostilidades de los Estados Unidos hacia Cuba, adquiere un carácter mediático enrevesado que pretende denigrar el sistema político de la isla.

 

Extrañas aquiescencias 


Cuba es la única nación del orbe para la cual existen cinco programas migratorios hacia los Estados Unidos, los cuales refrendan el éxodo de grupos familiares enteros.

 

Entre 1945 y 1959, los trámites legales para que un cubano emigrara a Estados Unidos eran prolongados y rigurosos. Cualquiera que ingresara clandestinamente sería repatriado inmediatamente o hecho prisionero.

 

Con el triunfo de la Revolución cambió la  estrategia migratoria estadounidense respecto a Cuba, dirigida, inicialmente, a ofrecer protección y asilo a los asesinos, esbirros, torturadores, malversadores y ladrones de la tiranía encabezada por Fulgencio Batista.

 

Con la derrota en Playa Girón  en abril de 1961 y las tensiones de la Crisis de Octubre, el gobierno de Washington restringió, a fines de 1962, los vuelos regulares y otras vías de salida legal desde Cuba, cortando de facto los lazos de miles de cubanos con sus familiares en el exterior, entre ellos la de los padres que habían enviado a sus hijos durante la Operación Peter Pan.

 

Solo quedó la brecha de las salidas ilícitas a la luz de ciertas concesiones que otorgaban el estatus de refugiado y ayuda financiera a todo cubano que arribara a territorio norteamericano. 

 

La Ley de Ajuste Cubano -adoptada en 1966 por la administración estadounidense, y aún vigente  en la actualidad- incita la emigración ilegal de ciudadanos cubanos, a la vez que acomete desestabilizar política y socialmente al país caribeño.

 

Desde los primeros días de aquel Enero triunfante Estados Unidos intenta dibujar para el mundo una isla que naufraga, una sociedad tortuosa y fracasada, que constriñe a sus hijos a lanzarse exasperadamente a la aventura migratoria.

 

Entre el Perú y el Mariel


El 5 de abril de 1980 un autobús impactó la verja de la embajada peruana en La Habana y varios cubanos irrumpieron en el recinto para pedir asilo diplomático. El gobierno del país andino accedió a la petición, provocando que otros 10 mil cubanos llegaran también a las puertas de esta sede en espera de salvoconductos.

 

«Cuando nos enteramos de que en los jardines de la embajada del Perú en La Habana estaban mi primo Luis con su señora y sus dos hijos […] decidimos mi esposa y yo intentarlo. Llenamos una bolsa de playa de ropa y comida para nuestro niño de 4 años. Pero ni acercarnos a la Embajada pudimos. A tres cuadras de ella, por la 5ta Avenida, todo estaba bloqueado», escribió años más tarde Félix José Hernández, uno de los miles de cubanos que ocuparon la sede diplomática por más de once días.

 

Cientos de personas se apilaban para permanecer dentro del área de la embajada, sin bañarse y apenas comer, luchando entre ellos por un boleto hacia la imaginada libertad. Los niños lloraban, y algunos, no tan niños, también.

 

El muro de la embajada separaba a dos tipos de cubanos: los que querían irse y los que se quedaban.

 

«Mi primo Jorge salió corriendo sólo con los trapitos que llevaba puesto cuando se enteró de lo que estaba pasando. Intentó convencernos a mí y a tía. Hasta nos haló por el brazo cuando le dijimos que no iríamos. Él salió gritando que éramos unas miedosas comunistas de mierda, que nos merecíamos vivir en este cochino país. Tiró la puerta y nosotras quedamos muertas de la preocupación», expresó Esther Cillero, cubana residente en el municipio La Habana del Este.

 

Disímiles eran los motivos de aquellas personas que querían abandonar la isla, de igual manera, los que permanecieron tenían los suyos.

 

Ernesto Cárdenas cuenta, 34 años después de los hechos, sus experiencias: «Mi hijo fue uno de los tantos que ocupó la embajada, y más tarde saliera por el Mariel para encontrarse en Miami con su madre. Yo no quería irme, no quería escapar de mi propia tierra. Además, aquello era como traicionar todo lo que representaba la Revolución, era negar el sacrificio de los hombres y mujeres que murieron en la Sierra y en la clandestinidad, y olvidar la educación y salud que se nos dio gratuitamente».

 

La compleja situación en la embajada del Perú, que a su vez motivó planes de abordaje a otras sedes diplomáticas, indujo a que el Comandante Fidel Castro anunciara la apertura del puerto del Mariel -a unos 40 kilómetros al Oeste de la capital- para quienes quisieran abandonar el país.

 

Decenas de embarcaciones, la mayoría procedentes de Estados Unidos, aprovecharon esta coyuntura para trasladar a los cubanos que voluntariamente decidieron emigrar, y durante los cinco meses que permaneció el resquicio del Mariel, alrededor de 125 mil cubanos anclaron en costas estadounidenses.

 

 

Las huellas del paroxismo


Tras esta crisis migratoria se efectuaron varios diálogos entre Cuba y los Estados Unidos, que concluyeron con la firma, en 1984, del Acuerdo de Normalización de las Relaciones Migratorias entre ambos países y, más tarde, del Acuerdo Migratorio del 9 de septiembre de 1994 y la Declaración Conjunta del 2 de mayo de 1995.

 

No obstante, Estados Unidos no conseguirá instaurar disciplina en sus costas en tanto coexista la Ley de Ajuste Cubano y continúe incentivando a través del aparato legal y los medios de comunicación las salidas ilegales.

 

Cuba respeta íntegramente los convenios migratorios entre ambos países bajo el axioma de garantizar una emigración lícita, regulada y segura. Condena el bloqueo económico así como otras actitudes lascivas en defensa del derecho natural de la nación y su pueblo.

 

De los aproximadamente un millón 600 mil emigrados cubanos en más de 130 países, más de un millón mantiene vínculos muy estables con el país; la mayoría de estos es ajena a cualquier actividad política en desafecto a Cuba.

 

A pesar de que existen varias organizaciones de emigrados que defienden abiertamente a la Revolución Cubana, son eclipsados por la propaganda mediática trasnacional que pretende vender la falsa historia de relaciones irreconciliables entre la nación cubana y sus hijos emigrados.

 

Los sucesos de la embajada del Perú y el éxodo del Mariel parecieran olvidados en la historia, y sentenciados a la desmemoria por las nuevas generaciones. Sin embargo, aún son muchos los que recuerdan, a veces con tristeza, con nostalgia, con satisfacción, con resentimiento, con un manojo infinito de emociones; unos desde la isla que parece caimán, otros desde una tierra más cercana al frío del Polo.

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