Apenas algunas ideas sobre la relación migración-cultura en el caso cubano
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Autor : Ileana Sorolla
Publicado : 12/02/2014

A partir del 1ro. de enero de 1959 se empiezan a construir las claves de las relaciones migratorias Cuba-Estados Unidos actuales, aunque pudiéramos pensar, quizá con un poco de inocencia o romanticismo, que se ha hiperbolizado el papel que ha desempeñado el conflicto bilateral en la historia migratoria del país en los últimos años. Sin embargo, si se analiza con mayor profundidad —aunque no es el caso, no nos vamos a expandir en la parte más sórdida y ríspida de la historia migratoria de nuestro país—, si pensamos en el tema, vemos que el impacto en lo cultural, en lo humano, pasa por el hecho de que la migración, el migrante, y la familia cubana, se convirtieron a partir de ese momento en objeto de política exterior.

 

Si recordamos una canción de Carlos Varela, Foto de familia, observamos que a todos los que se fueron y los que están, nos une «una foto de familia, donde lloramos al final». O sea, la primera lectura de la cuestión migratoria, que cambia su carácter esencialmente a partir de 1959, de su manipulación, dicho así en términos más políticos, es que Estados Unidos ha implementado una política, que ha usado al migrante y al potencial migrante cubano —que llevan dentro de sí, en su historia, en su cultura, una larga tradición migratoria como pueblo—, como un objeto de política.

 

Así se descubren instrumentos políticos, instrumentos legales, que juegan con lo más humano de este proceso que por lo común se analiza desde lo político, lo económico o lo demográfico, dimensiones que si bien tienen un matiz humanista, pierden en muchos casos la visión o el foco en el ser humano, que es el que está en el centro de esta cuestión. De ahí la importancia de los aportes que puedan hacer la mirada y los estudios de la dinámica migratoria y la historia migratoria de nuestro país desde la cultura.

 

La mirada desde la cultura y el estudio de los fenómenos de la cultura y el lenguaje pueden, en gran medida, ayudar a desmitificar, a normalizar las relaciones del país con su emigración, a pasarlas por un prisma de futuro, de proyección, de participación en la construcción de la vida de la sociedad cubana contemporánea, sobre todo en el contexto que nos encontramos hoy. Después de una profunda, y pienso que muy revolucionaria y valiente transformación de la política y las regulaciones migratorias del país, la cultura es paradigma del cómo y del qué pueden aportar juntos los cubanos, los residentes y los emigrados.

 

Debo señalar, a propósito, que otro rasgo de los estudios sobre las migraciones internacionales cubanas de los últimos años —sobre todo los que se han producido desde el exterior—, es que se han focalizado en la imagen del emigrado y en la actitud de la emigración con respecto al proceso de conformación de la política de Estados Unidos hacia Cuba, que forma parte también de ese capital simbólico que tiene la emigración, apegado al compromiso con los sectores más reaccionarios en determinados momentos de la historia revolucionaria. Se ha omitido con frecuencia a los cubanos que viven en la Isla, que a su manera también han escrito, muchas veces con sudor y sacrificio —con lágrimas también— la bitácora migratoria de la Cuba posterior a 1959.

 

De este modo, próximamente y dentro de este nuevo contexto, espero tengamos la posibilidad de ver nuevos estudios sobre la migración cubana, su  presente y futuro, con una utilización más objetiva del lenguaje, de la terminología académica y política, adecuada a las condiciones que nos abren las nuevas regulaciones migratorias en términos de no emigración, no retorno; con una creciente y cada vez más fructífera para el país migración circular, de acuerdo a la historia y la tradición migratoria nacional.

 

Estamos así en el momento de un tercer «parte aguas», en este caso por iniciativa del Gobierno cubano, que probablemente —pues estamos solo en la fase de formulación de hipótesis—, cambie sustancialmente el comportamiento del proceso migratorio cubano, la movilidad de la población, y existan condiciones más objetivas, menos románticas, para descubrir que también en la emigración hay un cambio de actitud hacia un mayor acercamiento, una mayor participación para bien, en la vida nacional.

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