Operación Verdad, la coletilla, los primeros años de la prensa en Cuba
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Autor : Juan Marrero, Ernesto Vera y Roberto Pavón
Publicado : 12/02/2014

Cuando triunfa la Revolución solo unos pocos periódicos y emisoras de radio fueron intervenidos. Entre ellos figuraron los periódicos sensacionalistas Tiempo en Cuba y Ataja, cuyos directores actuaron como instrumentos de la represión contra el pueblo. Ilustrativo, en tal sentido, es el caso de Rolando Masferrer, director de Tiempo en Cuba, quien fue el jefe de las bandas terroristas Los Tigres de Masferrer, que sembraron muerte y dolor, especialmente en la región oriental del país. Otro periódico intervenido fue Alerta, cuyo director Ramón Vasconcelos fue ministro de Comunicaciones de la dictadura y, en tal condición, olvidándose de sus deberes como periodista, estampó su firma en las numerosas resoluciones que establecieron la censura de prensa para la radio y la televisión.

 

Sólo tres emisoras de radio dejaron de transmitir en los días iniciales del triunfo revolucionario: Circuito Nacional Cubano y Cadena Oriental de Radio, en ambas su mayor accionista era Fulgencio Batista, y Unión Radio, que era propiedad de Eusebio Mujal.

 

El resto de la prensa tradicional en Cuba siguió publicándose. Desde periódicos muy reaccionarios como  el Diario de la Marina y Havana Post, editado en inglés, hasta periódicos y revistas de un tono liberal como Prensa Libre, El Mundo y Bohemia. Ninguno de los emporios de la radio y la televisión, incluyendo la CMQ, de Goar y Abel Mestre, fue tocado en los albores de la revolución.

 

Durante las primeras semanas que siguieron al triunfo revolucionario, los medios de prensa tradicionales intentaron presentarse como progresistas y populares, aunque en sus espacios no dejaron de deslizar sus campañas contra el comunismo y contra el pueblo que les orientaban sus amos del Norte. Algunos daban gracias a Fidel Castro y, al mismo tiempo, daban consejos a la Revolución.

 

Incluso el Diario de la Marina se disfrazó de simpatizante con la misma tranquilidad con que sesenta años atrás se había quitado la casaca del colonialismo español y se había puesto la del imperialismo norteamericano. Prometió ayuda a la Revolución y también empezó a dar consejos. Cuando oyó hablar de reforma agraria, escribió que a los campesinos se debían entregar los marabusales, las ciénagas para que las desequen y cultiven en ellas, pero advertía que no se debían tocar los grandes latifundios azucareros y ganaderos.

 

Ciertamente los ataques contra el recién iniciado proceso revolucionario, elaborados por esos medios tradicionales en las primeras semanas, no eran muchos. Ahora bien, cuando lo hacían utilizaban como escudo las informaciones cablegráficas de las agencias AP y United Press y los artículos de Life y Time. Así lo hicieron, por ejemplo, para oponerse a los juicios de los tribunales revolucionarios y sentencias dictadas contra alrededor de 400 oficiales de la dictadura, ejecutores de los asesinatos y torturas de miles de cubanos.

 

Operación Verdad


En la tercera semana de enero de 1959 la revolución libra su primera gran batalla contra la desinformación. Durante la llamada «Operación Verdad», que reunió en La Habana a casi 400 periodistas del continente, la prensa internacional pudo constatar la gigantesca manifestación del pueblo frente al viejo Palacio Presidencial en apoyo al proceso revolucionario yasistir a los juicios contra algunos criminales de guerra. También sostuvieron un encuentro con Fidel en el Hotel Riviera.

 

Como resultado de este proceso nace la agencia informativa latinoamericana Prensa Latina, cuyo primer director fue el periodista argentino Jorge Ricardo Masetti, uno de los organizadores de la «Operación Verdad». Prensa Latina fue la primera ventana abierta en el continente para romper el monopolio de la información hasta entonces ejercido por las grandes agencias noticiosas norteamericanas. Tiempo después, e inspirado también en el propósito de dar a conocer la verdad sobre Cuba, nacería Radio Habana Cuba.

 

Lo cierto es que el 17 de mayo de 1959, al promulgarse la Ley de Reforma Agraria, todos los medios de comunicación de propiedad privada, se convierten en enemigos a muerte de la revolución. Arrecian sus ataques y calumnias contra ella como parte de la campaña orquestada por el imperialismo y la oligarquía, a través del Bloque Cubano de Prensa y la tristemente célebre Sociedad Interamericana de Prensa (la SIP). En tal situación la confrontación se hizo inevitable entre la Revolución y sus enemigos internos en el campo periodístico.

 

El 7 de junio de ese mismo año, Fidel asiste a un almuerzo convocado por el Colegio de Periodistas, pero al cual los directores de los principales medios de comunicación privados rehúsan asistir. Allí Fidel expone los primeros conceptos públicos de la revolución sobre la libertad de prensa: «Periodismo -dice el líder revolucionario-no quiere decir empresa, sino periodismo, porque empresa quiere decir negocio y periodismo quiere decir esfuerzo intelectual, quiere decir pensamiento, y si por algún sector la libertad de prensa ha de ser apreciada es, precisamente, no por el que hace negocio con la libertad de prensa, sino para el que gracias a la libertad de prensa escribe, orienta y trabaja con el pensamiento».

 

En la radio y la televisión ocurrió que los dueños comenzaron a obstaculizar la transmisión de los pronunciamientos de los máximos dirigentes de la revolución alegando compromisos de publicidad comercial. También dieron espacio a voces que buscaban la desunión del pueblo e intentaban atemorizar con el fantasma del comunismo y otros prejuicios. Para enfrentar tales maniobras contrarrevolucionarias, los trabajadores de la radio dieron un paso importante: la creación del Frente Independiente de Emisoras Libres (FIEL), que se encadenaban para transmitir los mensajes de la revolución.

 

Como contrapartida, igualmente, nació una modalidad de lucha, totalmente inédita en el mundo, la inserción de coletillas a los materiales calumniosos y falsos en contra de la Revolución. Periodistas, trabajadores gráficos y locutores (para el caso de la radio) fueron los autores de la original iniciativa, consiste en insertar al final de cada material una «Aclaración» que, por lo general, decía:

 

«Este cable [o este editorial, artículo, información, pie de foto o caricatura] se publica por voluntad expresa de esta empresa periodística que expresa su criterio en uso de la libertad de prensa existente en Cuba, pero los periodistas y obreros gráficos [o locutores en el caso de la radio] de este centro de trabajo consignan, también en uso legítimo de ese derecho, que no comparten esa opinión por entender que no se ajusta a la verdad».

 

Las primeras coletillas aparecieron en el periódico Información el 15 de enero de 1960. Después se amplió al Diario de la Marina y otros periódicos. Sus dueños, por supuesto, no aceptaron aquello que era decidido por Comités de Libertad de Prensa que se crearon en cada uno de los medios hostiles a la Revolución. Los dueños lo consideraron un ataque a la libertad de expresión. Hubo serios conflictos cuando algunos directores se negaron a insertar las aclaraciones o pretendían dejar en blanco el espacio, no aceptable para los trabajadores.

 

La coletilla se sumó a otras medidas de la revolución que no fueron del agrado de los dueños de los medios. Citamos, entre ellas:

 

a)  la supresión de las subvenciones y dádivas gubernamentales a los medios prensa que durante los años de la dictadura ascendió a casi dos millones de dólares;

b)  la decisión de dar un plazo de un año a los periódicos que tenían sistemas de rifas de casas, automóviles y artículos domésticos para que cesen esa práctica, para la cual utilizaban los sorteos de la Lotería Nacional, institución que iba a desaparecer como parte de una política de saneamiento de la Revolución, contraria a los juegos de azar;

 

c) el temor de los grandes negocios por el curso que tomaban los acontecimientos en el país provocó una contracción en los gastos de publicidad, lo que afectó los ingresos de la prensa privada tradicional que, además, se vieron privados de las ganancias procedentes de espacios como las páginas de Crónica Social, donde aparecían la oligarquía y la burguesía, ya en crisis, o en las páginas de Deportes, donde el mercantilismo era predominante, pues se movía mucha plata con la promoción del profesionalismo.

 

Todo eso hizo que se produjese una masiva huida de los principales dueños y directores de periódicos y revistas, en su mayor parte hacia Miami. Algunos como Miguel Ángel Quevedo, de Bohemia, a quien nadie perseguía, se asilaron en embajadas para alimentar la hoguera de la propaganda anticubana. Todos terminaron creando publicaciones contrarrevolucionarias en Estados Unidos u otros países, con fondos que les dieron la SIP, la CIA y otras agencias norteamericanas, con los nombres de las que tenían en Cuba.

 

Cuando esos dueños de publicaciones abandonaron sus naves en Cuba, sus trabajadores se comprometieron a continuar editándolas. Así ocurrió en los casos de El Mundo, Prensa Libre y Bohemia. Esos colectivos eligieron a Luis Gómez Wangüermert, Mario Kuchilán y Enrique de la Osa como sus directores. Algo similar ocurrió en la radio y la televisión. En otros casos, como el Diario de la Marina, Información, El País y Excelsior, por ejemplo, sus bienes pasaron a integrar la Imprenta Nacional que comenzó a publicar ediciones masivas y populares de obras de la literatura universal y materiales para la alfabetización y el sistema de educación del país. Un reconocido novelista y periodista como Alejo Carpentier estuvo al frente de ese trabajo.

 

Paralelamente, las organizaciones periodísticas, en particular los colegios y la Asociación de Reporteros, evidenciaron muy pronto que no eran capaces de acompañar al proceso revolucionario en su programa de transformaciones en beneficio de las mayorías. Aunque es justo señalar que lograron, con cierta demora y las limitaciones de sus estatutos y reglamentos, depurar las filas del periodismo nacional expulsando deshonrosamente a varias decenas de servidores de los cuerpos represivos de la tiranía y a los elementos más notoriamente corruptos.

 

En esos tiempos eran muchos los que reclamaron descalificar a inmorales y hacer florecer una institución limpia, unida, fuerte y coherente de los periodistas, y a la vez estructurar un sistema de prensa revolucionario capaz de enfrentar con una mayor efectividad las campañas agresivas del imperialismo norteamericano.

 

Ese proceso en marcha significó el principio del fin en Cuba del periodismo como negocio, de la noticia como mercancía, de la publicidad comercial, del sensacionalismo, de las crónicas social y roja, del choteo y la burla, de los chismes de alcoba y otras frivolidades, de la apología al deporte profesional, de la corrupción dentro del sector y del servilismo a los intereses extranjeros.

 

Se alcanzaba así la posibilidad de inaugurar en América el verdadero concepto de la libertad de prensa, fiel a los intereses populares y a la nación, así como a toda causa justa en el resto del mundo. Quedaba atrás la libertad ilegítima de mentir, engañar, de las etapas colonial y neocolonial representadas por los medios dominantes. Con la verdad llegaba a las redacciones el reto de ejercer un periodismo en el que la libertad estuviera asociada a la responsabilidad de informar y orientar con sentido revolucionario y ético, como reflejo de los valores de la nueva sociedad en desarrollo.

 

Tomado de «El periodismo en la Revolución Cubana», ponencia presentada por los periodistas Juan Marrero, Ernesto Vera y Roberto Pavón en el Encuentro Internacional de Historia, celebrado el 25 de noviembre de 2004 en el Instituto de Historia de Cuba.

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