Dos hermanos, una historia
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Autor : Pedro Etcheverry Vázquez
Publicado : 13/02/2014

Entre el 2 de diciembre de 1958 y el 29 de mayo de 1961, en menos de dos años y medio, los hermanos Fulgencio Oroz Gómez y Pedro Blanco Gómez, hijos de una humilde familia cubana, fueron víctimas del terrorismo. Uno, en la lucha contra la tiranía de Batista, que oprimía a su pueblo en defensa de los intereses de la oligarquía nacional y al servicio de una potencia extranjera. El otro, en cumplimiento de una obra humana, cuando ya la libertad de la patria había sido conquistada. Los dos jóvenes, que en determinados momentos de sus vidas estuvieron vinculados al magisterio, cayeron en circunstancias diferentes, pero frente al mismo enemigo. […].

 

El 2 de diciembre de 1958, alrededor de las nueve de la noche, cuando Fulgencio Oroz realizaba un contacto con varios compañeros de la clandestinidad, en la calle Remedios, a un costado de la clínica Hijas de Galicia, en el barrio de Luyanó, en La Habana, fue detenido por un grupo de agentes armados vestidos de civil, encabezados por Miguelito el Niño y el sargento Villazón, subordinados a los sicarios Orlando Carratalá Ugalde y Evelio Mata Rodríguez. Durante el operativo, resultó herido de un balazo en una pierna. Fue esposado y remitido a la Décima Estación de la Policía Nacional, en el Cerro. Sus lesiones no fueron atendidas. Comenzaron a golpearlo salvajemente varios esbirros bajo la supervisión del capitán Mata, que no cesó de interrogarlo. Dos horas después, los tres jóvenes secuestrados junto con él, fueron conducidos al despacho del capitán para amedrentarlos. Allí pudieron ver a su querido compañero ensangrentado e inconsciente a causa de las torturas. No se dejaron impresionar.

 

En horas de la madrugada fue introducido dentro de un camión de la distribuidora de leche Balkán y trasladado en secreto a las mazmorras del tenebroso Buró Represivo de Actividades Comunistas (BRAC) en Marianao, donde fue entregado al primer teniente José de Jesús Castaño Quevedo, el jefe de investigaciones, quien continuó azotándolo personalmente junto con el esbirro Héctor Figueredo Valdés. A pesar de las horribles golpizas a que fue sometido, no pudieron arrancarle una sola palabra comprometedora sobre su actividad revolucionaria. Cuando sus captores se convencieron de que no podían obtener nada de él, lo asesinaron. Acto seguido, como habían hecho en múltiples ocasiones, mandaron a desaparecer su cuerpo.

 

Al día siguiente, la madre de Fulgencio Oroz, su hermano Enrique y algunos amigos, recorrieron varias estaciones de policía tratando de localizarlo. Las respuestas siempre fueron negativas. Miriam Villar Sánchez, ex alumna de la Escuela Normal  para Maestros, recuerda que cuando los estudiantes de ese centro conocieron que había sido secuestrado, convocaron a una huelga, desplegaron dos enormes banderas cubanas en la fachada del edificio y distribuyeron proclamas exigiendo su inmediata liberación. Añade que la policía acudió al lugar y penetró en el recinto, pero a pesar de las presiones ejercidas por la directora de la escuela, los alumnos se negaron a entrar a clases. Los restos mortales de Fulgencio Oroz no aparecieron jamás, pero su lucha no fue en vano.

 

Unas semanas después, el 1ro. de enero de 1959, triunfó la causa por la que este joven había entregado su vida en los calabozos del batistato. El naciente proceso revolucionario tuvo que seguir adelante, enfrentando la política de hostilidad y agresiones del gobierno de los Estados Unidos, que utilizó a estos mismos asesinos y recurrió a todas las vías posibles para derrocar la Revolución. Uno de los métodos puestos en práctica por los servicios de inteligencia norteamericanos en aquellos primeros años, fue el fomento de alzamientos armados.

 

A finales de abril de 1961, tras la exitosa Operación Jaula que logró barrer con las principales bandas de alzados en el Escambray, y después de la derrota de la Invasión por Playa Girón, cumpliendo indicaciones de sus patrocinadores del norte, los alzados que habían logrado escapar de las operaciones militares en esa estratégica región montañosa, comenzaron a reorganizarse. Desde el principio, trataron de evadir el enfrentamiento armado con las Milicias Nacionales Revolucionarias y las Patrullas Campesinas. Mientras tanto, se dedicaron a agredir instalaciones civiles y sembrar el pánico entre los habitantes de las zonas rurales, con el propósito de frustrar los planes de desarrollo económico y social, desestabilizar al país y crear un escenario propicio para lanzar una hipotética invasión. Entre los objetivos de estos grupos de bandidos se encontraban las escuelas rurales y los alfabetizadores.

 

Cuando Pedrito Blanco Gómez conoció la convocatoria, exhortando a la juventud cubana a incorporarse a la Campaña Nacional de Alfabetización,  corrió al encuentro de su madre María Sabina, para pedirle que lo dejara participar. De acuerdo con el testimonio de su hermana Francisca, estaba tan entusiasmado, que era casi imposible negarle el permiso. En los primeros días de mayo partió hacia una escuela preparatoria en la provincia de Matanzas, como parte de las Brigadas Conrado Benítez. Recibió un curso durante quince días y al final fue designado para alfabetizar en la finca El Nicho, de la zona de Crucecitas, en Cumanayagua, en el Escambray. Cuando arribó al lugar, acompañado por un funcionario local de la Campaña de Alfabetización, fue recibido por un campesino, quien se responsabilizó con la atención y el cuidado del joven maestro. El niño alfabetizador comenzó a realizar su labor y durante poco más de una semana no confrontó ninguna dificultad.

 

Alrededor de las ocho de la noche del 29 de mayo, Pedrito salió de la casa para atender a varios alumnos, de acuerdo con lo previsto en el programa de enseñanza. Al bajar una pequeña elevación, un individuo le hizo un disparo de abajo hacia arriba. El proyectil penetró por el centro de la barbilla y salió por la parte posterior del cráneo, expulsando toda la masa encefálica, y causándole la muerte instantáneamente. Una hora y media después, el campesino que lo albergaba encontró su cadáver en la base de un barranco.

 

Las investigaciones determinaron que el responsable de este hecho era un colaborador de los alzados. Fue detenido y sancionado. El 31 de mayo Pedrito fue inhumado en el Panteón de la Comisión Nacional de Deportes, en el Cementerio de Colón, en La Habana. […].

 

Además de los lazos familiares que unen a estos dos jóvenes y de sus vínculos con el magisterio, tienen algo más en común. Los aparatos represivos de la tiranía batistiana, como la Policía Nacional y el BRAC, responsables del secuestro, la tortura y la desaparición de cientos de cubanos, entre ellos Fulgencio Oroz Gómez, estaban asesorados y eran equipados por el Buró Federal de Investigaciones (FBI). Las bandas de alzados y sus colaboradores, que entre 1960 y 1964 asesinaron alrededor de doscientas personas, incluyendo a Pedrito Blanco Gómez, actuaban bajo la dirección y con el apoyo logístico y financiero de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), dos instituciones oficiales del gobierno de los Estados Unidos.

 

Los hermanos Fulgencio Oroz Gómez y Pedrito Blanco Gómez, que ofrendaron sus vidas en circunstancias distintas, pero frente al mismo enemigo, quedaron unidos para siempre en la historia de luchas de nuestro pueblo.

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