Intromisiones inauditas de Estados Unidos en Cuba (II)
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Autor : Manuel González y Luis Carreras
Publicado : 24/02/2014

Las instituciones y funcionarios soviéticos no serían los únicos objetivos del trabajo de espionaje y subversión de la estación local de la CIA en La Habana contra países amigos de la Revolución.

 

El 24 de septiembre se establecieron de manera oficial las relaciones diplomáticas entre la República Popular China y Cuba. El entorpecimiento de estas relaciones sería una prioridad dentro de los planes de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), que buscaba por todos los medios obtener información de inteligencia para el acoso a la colaboración económica, política y militar entre ambos países.

 

Como en el caso de las agresiones contra la URSS, el gobierno yanqui enfocaba la ofensiva subversiva contra China, como una necesidad estratégica en el contexto de sus doctrinas de seguridad nacional y de contención del comunismo. Cada acción de espionaje y sedición contra la presencia China en Cuba era justificada por los Servicios Especiales Yanquis por la urgencia de prevenir la «penetración comunista» en el hemisferio occidental.

 

Nuevamente otra división priorizada de los servicios clandestinos de la Agencia, la del Lejano Oriente, optó por la fórmula de insertar uno de sus especialistas en un enclave local de la División del Hemisferio Occidental. 

 

Así, el 14 de agosto de 1960 arribó a La Habana el oficial CIA Robert L. Neet que se acreditó en la embajada yanqui como funcionario en tránsito en funciones consulares, actividad profesional que jamás ejecutó, pues en el corto tiempo que permaneció en Cuba pudo únicamente dedicarse a la conducción de otra «operación de audio».

 

En este caso, el objetivo sería una dependencia de la República Popular China, la Agencia de Noticias SINJUA, ubicada en el apartamento 172 del Edificio del Retiro Médico en la zona de la Rampa en la capital cubana y que desde los primeros meses de 1960 había atraído la atención de la actividad del espionaje yanqui en Cuba. 

 

Una vez más Robert Wiecha estaría involucrado directamente en una acción de espionaje contra un país amigo de la Revolución, al encargársele la observación clandestina de la entidad gubernamental china para acopiar la información de inteligencia necesaria que posteriormente facilitaría la instalación de la técnica de escucha. Con esos propósitos, la estación local de la CIA, auxiliándose del personal administrativo de su plantilla, hubo de alquilar dos apartamentos cercanos al que ocupaba la agencia de noticias china. Carolin O. Stacy, secretaria del área administrativa, ocuparía el apartamento 173, contiguo al de la SINJUA. Marjorie A. Lennox, también secretaria, pero del área económica lo haría en el 231. 

 

Un tercer apartamento, el 182, sería alquilado por el propio Wiecha, pero a nombre de una tercera persona: Mario Nordio, ciudadano norteamericano de origen italiano, propietario de una academia de baile en La Habana, quien oportunamente había sido reclutado por el oficial CIA para dar cobertura y apoyo a la operación de espionaje. 

 

Robert Neet, quien desde el día de su arribo a Cuba se encontraba compartiendo la misma residencia de Melvin Beck en el Country Club, se encargó de dirigir la operación, auxiliado por Wiecha, Carolyn, Marjorie y Nordio.

 

En la operación la Agencia involucró también de manera directa a David Lemar Christ, un experto técnico de alto nivel y experiencia secundado por un equipo de especialistas de la División de Servicios Técnicos de la CIA.

 

En aquellos momentos Christ fue introducido en Cuba bajo la identidad falsa de Daniel Lester Carswell y cobertura de turista. Portaba además documentación falsa que corroboraba su fachada. Esta incluía licencia de conducción de la ciudad de Nueva York,  certificado de nacimiento de Pensilvania, así como carnés que lo acreditaban como miembro de la Sociedad de Ingenieros de los Estados Unidos y de la Asociación de Oficiales de la Reserva de la Fuerza Aérea de esa nación.

 

A sus colegas también les fueron asignadas identidades ficticias y fachada de turistas, solo reveladas por la propia Agencia pasados más de diez años. 

 

Christ viajó primero solo y posteriormente regresó a Estados Unidos para recoger a los demás especialistas y reingresar a nuestro territorio nacional en el momento oportuno, según el plan establecido y ejecutado para el completamiento de la operación.

 

Para la instalación de los dispositivos de escucha, los técnicos perforaron el piso del apartamento 182 en dirección a la cubierta del que ocupaba la agencia SINJUA en el piso inferior.

 

Los trabajos fueron concluidos el 30 de agosto, fecha en que Wiecha entregó las llaves del apartamento 182 a Mario Nordio, para que lo ocupara y se encargara además de entregar las grabaciones de audio a los oficiales de la estación local.

 

Como testimoniara el Coronel (R)  Ramón José Oroza Naverán participante directo en estos hechos: «Ya tenían empotrado en la pared el botiquín donde estaba instalado el transmisor. Con eso concluían su trabajo y se marchaban de allí…Los detuvimos y ocupamos la técnica. El Presidente estuvo allí. El micrófono era del tamaño de un alfiler. Los chinos no tenían ninguna posibilidad de descubrir algo así instalado en el techo de su oficina. Cuando pusimos la grabadora  se escuchaba un ruido atronador en aquel local por la alta sensibilidad del micrófono [...]».

 

La Operación SINJUA aparentemente estaba funcionando, pero había un detalle importante que resolver. El plazo de alquiler del apartamento 182 ocupado por Nordio vencía en un mes, sin garantía de un nuevo periodo para su ocupación, por lo que la CIA decidió traer equipos transmisores de radio que serían enmascarados en un closet del propio apartamento. La idea era que la información obtenida se transmitiera a otro punto intermedio ubicado en un apartamento ocupado por la CIA en un edificio cercano al del Retiro Médico.

 

El mismo día 30 de agosto Carswell/Christ salió hacia Estados Unidos a buscar los equipos necesarios para la segunda parte de la Operación, regresando el 8 de septiembre en compañía de los especialistas técnicos Eustace H Danbrunt y Edmund Konrad Taransky. En la década de los 70 la Agencia revelo que los verdaderos nombres de estos especialistas eran Thortón J. Anderson y Walter Szumisnky. Al igual que  Carswell/ Christ poseían documentación falsa adicional para su fachada de ingenieros civiles, cuando en realidad pertenecían a la División de Servicios Técnicos de la CIA.

 

El propio día 8 de septiembre los tres técnicos de la CIA en unión de Mario Nordio introdujeron en el apartamento 182 seis maletas con los equipos adicionales para las transmisiones.

 

Carolyn Stacy observaba los movimientos de personas en los pasillos de los pisos cercanos al de la instalación, en búsqueda de índicos de posible vigilancia por parte de los Órganos de la Seguridad del Estado de Cuba. Supuestamente no había problemas.

 

Fin de una aventura: los espías capturados con las manos en la masa


El 15 de septiembre eran detenidos in fraganti Carswell/Christ, Danbrunt/Anderson y Taransky/Szumisnky fueron arrestados en el apartamento 182. A Marjorie Lennox también la detuvieron dentro del edificio.

 

Robert Neet y Mario Nordio fueron interceptados en los alrededores del lugar de los hechos, cuando evidentemente se dirigían a la embajada yanqui.

 

Las excusas eran ridículas, Neet dijo que era turista al igual que Carswell/Christ que fue más allá planteando que hacía un favor a un amigo de la embajada norteamericana que le había pedido la reparación de equipos electrónicos en su apartamento.

 

Definitivamente, Robert Neet y Marjorie Lennox fueron liberados a escasas horas de su detención, tomando su condición de diplomáticos acreditados.

 

Entre los días 16 y 17 de septiembre, se produjo lo que pudiera calificarse como una estampida en la estación CIA de la Habana. El escándalo ya había trascendido a la prensa. Robert Neet, Marjorie Lennox y Carolyn Stacy abandonaron el país el día 16, pero no serían los únicos. A ellos se incorporarían Robert Wiecha y Melvin Beck.


El peso de la justicia revolucionaria y los planes de evasión fabricados en la CIA


Los técnicos Carswell/Christ,  Danbrunt/Anderson y Taransky/Szumisnky, sin inmunidad diplomática, fueron juzgados ante un tribunal militar sin que las autoridades cubanas llegaran a conocer sus verdaderas identidades. Su condición de operativos en la plantilla de la División de Servicios Técnicos de la CIA, aunque era indudable, tampoco pudo ser confirmada en ese momento.

 

Siendo este hecho evidente, el peligro que preveía la CIA antes del juicio, era que los soviéticos se ocuparan del caso tomando en consideración que Christ, desde 1957 hasta el momento de su detención, conocía en detalle todas las investigaciones desarrolladas por la División de Servicios Técnicos de la CIA en relación con medios de escucha secreta y estaba informado sobre determinados equipos y operaciones de la CIA en países extranjeros. Tenía certificación de confiabilidad de «Secreto Máximo para Inteligencia Especial» y sabía la ubicación a nivel mundial de todos los técnicos de audio de la CIA.

 

El juicio fue celebrado el 18 de diciembre de 1960 en la fortaleza de La Cabaña donde los implicados fueron acusados por un fiscal militar de crímenes contra los poderes del estado.

 

El abogado de la defensa escogido por Estados Unidos, Fernando Colomar, viajó a ese país con antelación al juicio donde fue instruido por John Mertz, oficial de la CIA especialista en contrainteligencia el cual, actuando bajo la cobertura de abogado de la familia de los acusados,  esbozó una estrategia dirigida, en primer lugar, a salvar a los acusados de una posible condena a pena de muerte y en segundo lograr, de ser posible, lograr su absolución.

 

Aprovechando el desconocimiento de la parte cubana sobre la verdadera identidad de los acusados, el abogado Colomar, siguiendo las instrucciones de Mertz, basó su defensa en hacer recaer la culpa sobre Robert Neet, del que dijo que no siendo ni funcionario consular ni diplomático había sido expulsado de Cuba por las autoridades cubanas en vez de hacerlo comparecer a juicio.

 

Alegó que los acusados eran solo ingenieros (mecánico, eléctrico y electrónico), que fueron instigados e inducidos por Neet a viajar a La Habana durante sus vacaciones de septiembre para reordenar y adaptar diversos equipos de audio y sonido, que antes de su llegada como turistas estaban ya conectados a micrófonos previamente instalados. El alegato de la defensa, sugería que el verdadero culpable había sido expulsado del país y que se habían llevado ante los tribunales a tres inocentes. 

 

El 11 de enero de 1961, Christ y sus dos colegas técnicos fueron encontrados culpables y condenados a 10 años de privación de libertad por el delito de espionaje. Mario Nordio fue expulsado del país. Los tres condenados fueron trasladados a la prisión de la entonces Isla de Pinos donde debían extinguir sus sentencias.

 

El periodista estadounidense Jack Anderson reportó en el Washington Post del 4 de enero de 1978 que la CIA estaba determinada a sacar a Christ de Cuba y para lograrlo John Mertz, por recomendación de Jim Angleton, jefe de Contrainteligencia de la CIA, contactó al ex subordinado de Angleton en la Oficina de Servicios Estratégicos durante la Segunda Guerra Mundial, Charles Siragusa que le dijo a Anderson en 1978 que se había reunido con un oficial de la CIA en Washington DC., en 1960 que le informó:

 

  • Tres operativos de la CIA que hablaban español habían sido arrestados mientras realizaban una operación clandestina –similar a la de Watergate, contra una agencia de noticias de la República Popular China en La Habana.

 

  • La policía cubana pensaba que habían capturado a tres delincuentes de poca monta y los habían encerrado en una isla cercana a Cuba.

 

  • La CIA estaba desesperada por sacarlos de Cuba antes de que las autoridades cubanas descubrieran sus identidades reales.

 

  • Uno de ellos conocía los nombres de numerosos contactos de la CIA en Cuba.

 

La CIA quería que Siragusa organizara a sus contactos en la mafia para una operación de rescate lo que no resultó ser práctico y finalmente lo que hizo fue comenzar a negociar con el abogado de Chicago Constantine N. Kangle.

 

La CIA autorizó a Siragusa a gastar hasta un millón de dólares para lograr la evasión  de los agentes prisioneros. El abogado de Chicago recibió diez mil dólares de los fondos de la CIA, pero sus esfuerzos no fructificaron.

 

Según lo que le dijo Siragusa a Anderson, finalmente los tres fueron liberados mediante gestiones legales de un abogado de La Habana pagado por la CIA al margen del conocimiento del Gobierno Revolucionario. 

 

Por otra parte, John Mertz planteó que en 1960, Richard Helms Subdirector de la CIA para Planes, le asignó la tarea de desarrollar un proyecto para liberar a Christ y a sus dos colegas lo cual trató de instrumentar a través de Siragusa, que habiendo fracasado en gestiones que hizo con Santo Trafficante puso en contacto con Mertz al chofer de Batista y a su esposa que dijeron que los harían escapar fácilmente porque conocían a más de uno de los custodios de la prisión de la entonces Isla de Pinos. 

 

A cambio de doscientos mil dólares que debía recibir por adelantado, el chofer de Batista planteó que haría que los custodios sacaran a los detenidos de la prisión como si fueran a trabajar y entonces dejarlos escapar. Una vez liberados, debían caminar aproximadamente 16 kilómetros hacia el sur hasta la costa donde serían recogidos en una embarcación. Entonces la CIA, según relato del investigador norteamericano A.J Weberman, conoció que entre la prisión y la costa sur de la entonces Isla de Pinos lo que había eran 16 kilómetros de una ciénaga cubierta de mangle.

 

Los esfuerzos de Mertz de producir una evasión dramática nunca fructificaron.  

 

La esposa de Christ, Wilma, solicitó audiencia con el Fiscal General y hasta con el Presidente en esta dirección. Fue recibida por Allen Dulles el Director de la CIA, que le dijo que todo dependía de la buena voluntad de la Revolución Cubana. Finalmente, logró entrevistarse con William Donovan que estaba en las negociaciones para la liberación de los mercenarios de Girón el cual le prometió que Christ y sus colegas serían liberados a cambio de mercaderías.

 

La Operación SINJUA, fue otro estruendoso fracaso de la CIA en Cuba.

 

Los jefes y oficiales de la CIA que concibieron y ejecutaron la operación una vez más habían subestimado la capacidad de las autoridades cubanas para descubrir y cortar oportunamente acciones de esa índole. Este en realidad sería el principal y más grave error de la Agencia, repetido en innumerables ocasiones antes y después de ese hecho.

 

Al final, la Revolución fue magnánima con los principales implicados, incluso con los condenados, los cuales solamente cumplieron dos años y cinco meses de la condena, por un delito de graves implicaciones para la seguridad de un país, que afectaba incluso sus relaciones diplomáticas con otra nación amiga.

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