El gobierno contrarrevolucionario de la Agencia Central de Inteligencia
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Autor : Luis Carreras Martorell y Manuel González
Publicado : 13/02/2014

A mediados de marzo de 1961 estaba en su máximo apogeo el plan de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), de utilizar un ejército mercenario de apátridas de origen cubano para desencadenar una invasión armada encaminada a derrocar a la Revolución Cubana y paralelamente asesinar al Comandante en Jefe Fidel Castro, como garantía de triunfo.

 

La necesidad de fabricar una oposición interna, como instrumento de la estrategia para destruir la Revolución Cubana, surgió desde que los círculos de poder estadounidenses comprendieron que el gobierno Revolucionario amenazaba sus intereses hegemónicos.

 

Alrededor del 15 de marzo de 1961, operativos de la Mafia le entregaron píldoras de veneno manufacturadas en la División de Servicios Técnicos de la CIA a su principal contacto en La Habana, Juan Orta Córdova, para que aprovechando que laboraba en las oficinas del Primer Ministro Fidel Castro Ruz, se las colocara en alguna bebida. 

 

Coincidiendo en fecha, la CIA le presentó al Grupo de Trabajo de la Junta de Jefes de Estado Mayor Conjunto tres escenarios alternativos para la invasión que escogió el Plan Zapata que implicaba un desembarco en la Bahía de Cochinos.

 

El 16 de marzo de 1961, el Director de la CIA Allen W. Dulles, y Richard Bissell, le entregaron al Presidente Kennedy tres proyectos alternativos para la «Operación Cubana». Con anterioridad Kennedy había sido impuesto de las proposiciones por su asesor de seguridad nacional McGeorge Bundy, que le informó que «la CIA había hecho un trabajo destacado de adecuación del plan de desembarco para que resultara parco y sobrio y aceptablemente cubano en sus aspectos esenciales». La primera opción era una modificación de la idea original de producir el desembarco en las inmediaciones de la localidad de Trinidad, la segunda focalizaba un área en la costa noreste de Cuba, y la tercera era una invasión en la Península de Zapata en el área de la Bahía de Cochinos. Kennedy ordenó modificar el Plan Zapata para darle la apariencia de una operación interna tipo guerrilla.

 

Para esos mismos días las Fuerzas Armadas Revolucionarias anunciaron que 420 contrarrevolucionarios habían sido puestos fuera de combate en la campaña del Escambray, –39 muertos en combate y 381 tomados prisioneros.

 

En contradicción con las pretensiones de Richard Bissell y de sus principales asociados, el Presidente Kennedy se oponía a una intervención directa y abierta contra Cuba por parte del Gobierno de los Estados Unidos e insistía que debía aparecer la acción como una guerra entre cubanos en la cual los Estados Unidos darían apoyo a una fuerza unificada de las organizaciones contrarrevolucionarias (en su momento se convertiría en un gobierno en el exilio), –que  representara la fuerza invasora, a partir de su plataforma política y que debía establecerse en territorio cubano tan pronto como las condiciones militares lo permitieran.

 

A través de estos mismos mecanismos, la CIA había ejecutado la Operación PB Success. Los mismos protagonistas de aquel evento eran ahora los arquitectos del proyecto anticubano cuya fase final estaba a punto de ejecutarse.

 

Aun cuando la CIA había creado la organización Frente Revolucionario Democrático (FRD), bajo la directiva del citado programa del Presidente Eisenhower, los miembros del grupo no gozaban de suficiente liderazgo para cohesionar las diferentes tendencias políticas propugnadas por los diversos sectores de la emigración contrarrevolucionaria y de hecho no resultaban del agrado de los más altos ejecutivos del gobierno de los Estados Unidos.

 

A partir de la decisión del Presidente Kennedy de darle un viso de legitimidad a la invasión que se fraguaba, el 18 de marzo de 1961 Richard Bissell orientó a James Noel, el último jefe de estación de la CIA en La Habana, para que agrupara a la dirigencia del exilio cubano en una entidad unitaria. Los cubanos fueron citados para el Skyways Motel donde Jim Carr, asistente de Noel con fluidez en el idioma español, les dijo: «Si ustedes no salen de esta reunión con un comité, olvídense de todo este asunto de mierda, porque ya nosotros estamos hartos».

 

Habiendo ido tan lejos en sus preparativos de invasión, sin ocuparse de las «formalidades» que exigía la propia política exterior de los Estados Unidos, una vez más la CIA había invertido el orden de las prioridades, e imbuida por el mismo desprecio que habría sentido Roma ante los traidores, aun cuando los utilizaran para catalizar sus planes hegemónicos, trataban con desprecio a estas «personalidades» de la contrarrevolución.

 

El 18 de marzo, en La Habana combatientes de los incipientes órganos de la Seguridad del Estado detuvieron y pusieron a disposición de la justicia revolucionaria a los coordinadores militares del FRD y agentes de la CIA, Humberto Sorí Marín, Manuel Puig Miyar y Rogelio González Corzo.

 

Mientras tanto continuaban las operaciones terroristas en territorio cubano a las que se les respondía con actos multitudinarios de condena y los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), redoblaron la vigilancia. La organización, estructurada a nivel de cada cuadra en las ciudades y por fincas y cuartones en el campo, contaba a finales de marzo con 104 000 comités en todo el país.

 

El informe oficial de lo acaecido correspondió  al  General C. Tracy Barnes, Asistente de Richard Bissell para Operaciones Encubiertas de la CIA, que el 20 de marzo le rindió un informe directamente a Allen Dull es sobre los acontecimientos en Miami, donde resaltó que se había celebrado una reunión al anochecer del sábado 18 de marzo donde participaron 13 de los 15 miembros del FRD,  de conjunto con Manuel Ray Rivero y otros cuatro miembros del Movimiento Revolucionario del Pueblo  (MRP), –Felipe Pazos, Jorge Beruff y los hermanos Armando y Raúl Lora.

 

Agregó Barnes que se había elegido por unanimidad a José Miró Cardona que en el momento de redactar el informe, acompañado por Tony Varona, Justo Carrillo, Manuel Artime, Manolo Ray, Felipe Pazos, Raúl Chibás y en calidad de intérprete Sergio Rojas Santamaría ex Embajador de Cuba ante el Reino Unido, estaban viajando hacia la ciudad de Nueva York para anunciar oficialmente la elección y la formación del Consejo Revolucionario Cubano, en sustitución del FRD.

 

El anuncio público debería incluir también una declaración de principios, plataforma política del gobierno en el exilio que acababa de crear la CIA. Algunos de los postulados de la plataforma política del frente contrarrevolucionario que habían sido colegiados con Adolf Berle del Departamento de Estado de los Estados Unidos señalaban aspectos tales como:

 

1.  Estimular las inversiones del capital privado tanto nacional como extranjero, y garantizar la libre iniciativa y la propiedad privada en su más amplio concepto como función social.

 

2.  Devolver a sus legítimos dueños las propiedades confiscadas por el Gobierno de Castro [...]

 

3.  Disolver las Milicias

 

4.  Ilegalización del Partido Comunista y erradicación del comunismo y toda actividad anti democrática.

 

Miró dijo: «La reunión de hoy quedará registrada como una de las páginas brillantes de la historia de Cuba».

 

Varios días después, Tracy Barnes le envío a Arthur Schlesinger el borrador de la mencionada propuesta de plataforma política del Consejo, el que más tarde Schlesinger describe como “tan sobrecargado de exaltación y estéril en reflexión que lo hacía a uno preguntarse qué tipo de gente estábamos planificando enviar de regreso a La Habana”. Barnes y Schlesinger reclutaron a dos académicos de Harvard, John Plank y William Barnes para que ayudaran a darle al documento una nueva redacción.

 

Según Arthur Schlesinger, la dependencia de la CIA del Consejo Revolucionario fue total y no sólo tenía que ver con problemas operacionales, sino que incluía una proyección política tan reaccionaria que los asesores del Presidente se veían obligados a redactar por sí mismos, muchas veces sin conocimiento previo de los miembros del Consejo, los manifiestos de la organización. Schlesinger plantea que sus dirigentes tendían a concebir posiciones «llenas de atractivos para los inversionistas extranjeros, los banqueros privados, los propietarios desposeídos, pero tenían poco que decir a los obreros, los campesinos y los negros».

 

Unos días después el 28 de marzo de 1961 en una conversación con el Presidente, Arthur Schlesinger le preguntó: «¿Qué piensa usted sobre esta maldita invasión?». Se dice que Kennedy respondió: «Pienso sobre ella lo menos posible».

 

Los militares estadounidenses, aun antes que Kennedy, no estaban satisfechos con lo que se había hecho con vistas a crear una oposición contrarrevolucionaria cubana. En un memorando fechado en Washington DC.  el 17 de noviembre de 1960, confeccionado por Edward G. Lansdale, Sub Secretario Asistente de Defensa para Operaciones Especiales y dirigido al Subsecretario de Defensa, James H. Douglas Jr., el autor analizó la política de los Estados Unidos para destruir a la Revolución Cubana alegando que el plan que estaba vigente parecía estar condenado al fracaso y propuso una serie de medidas para revertir la situación.

 

Sobre la manera de llevar a cabo las medidas propuestas con éxito y partiendo del postulado que el establecimiento de un régimen comunista en Cuba era totalmente intolerable para los Estados Unidos, Lansdale planteó que: «[…] debemos crear una dirigencia política para la liberación de Cuba, sólida y unificada. Tiene que ser la crema de los que se oponen a Castro y a los comunistas. Tienen que ser obligatoriamente los pensadores y hombres de acción sobresalientes. Obligatoriamente tienen que estar disciplinados y unificados en sus acciones y los Estados Unidos deben aplicar presiones morales y apoyo para asegurar la unidad[…]».

 

La derrota de la Brigada de Asalto 2506 en las arenas de Playa Girón, constituyó la primera gran derrota del imperialismo yanqui en América Latina, colocó a  los Estados Unidos en una situación lo suficientemente embarazosa como para estimular cambios en la forma de proyectar sus relaciones con América Latina, pero no para poner freno a los principios de la estrategia básica de su política hacia Cuba: crear, financiar y manipular una oposición contrarrevolucionaria.

Tomado de Cuba Socialista.

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